Debajo del puente

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El paisaje es un fiel reflejo de lo que preocupa a la sociedad. Casas tomadas, basura, verdes parcelas mal recicladas, grafitis que decoran cada una de las paredes desnudas en ladrillos, esquinas llenas de vicios, veredas intransitables, calles con contrastes sociales bien diferenciados, pobreza. Para ubicarlo en el mapa sirve como referencia la sede de la Facultad de Drago, aledaña a la estación de nombre homónimo que pertenece al Ferrocarril Mitre.  

Durante la década del noventa lucían como pintorescos recintos familieros. Hoy, no son más que simples manzanas con serias dificultades edilicias, destinadas al copamiento del cemento público y a ser convertidas en faraónicas autopistas que comunicarán el Sur y el Norte de la conflictiva Buenos Aires.

En 1978, la iniciativa vial-urbana fue impulsada por el brigadier Osvaldo Andrés Cacciatore, intendente de la Ciudad de Buenos Aires durante los años de la dictadura.”Cacciatore fue el intendente de la ciudad que tuvo quince centros de detención como la ESMA. Impuso el autoritarismo con el traslado forzado de habitantes de las villas, e hizo autopistas a contramano de un desarrollo urbano planificado. Gastó millones y encima lo hizo mal”, lo definió el ex jefe de gobierno Aníbal Ibarra, en julio de 2007. Desde un principio, la obra, bautizada Autopista 3, atravesaría los barrios de Villa Urquiza, Parque Chas, Villa Ortuzar, Chacarita, Villa Crespo, Balvanera y Parque Patricios.

Allá por los años setenta, el Gobierno militar llegó a expropiar las tierras cercanas a la Avenidas General Paz y Panamericana, en el tradicional barrio de Saavedra. A mediados de los noventa, se comenzó con la construcción de la Avenida Parque (hoy Roberto Goyeneche), acompañada paralelamente  por un amplio cordón de espacios verdes. Por cuestiones presupuestarias, económicas y gubernamentales no se continúo con el proyecto.

Actualmente, el problema surge del primer tramo, que se comprende entre la Avenida Congreso y la Avenida de Los Incas. Allí, el centro de atención está concentrado en los vecinos que usurparon viviendas. En 1996, fueron censados y en consecuencia indemnizados con 96.000 pesos. Los que no llegaron a ser afectados por la medida, recibieron $15.000. Otra gran parte fue beneficiada con viviendas adquiridas mediante créditos flexibles a 30 años. Una minoría todavía resiste el asentamiento.

Como en cada barriada, se halla mucho de potrero, de deporte popular, de fútbol callejero carente de caudal, enemigo de los negocios organizados. Entre las avenidas ya nombradas (Congreso y Los Incas), enfilando por la calle Holmberg, hay al menos cuatro canchas de fútbol que pertenecen (o por lo menos lo hicieron) a colegios del Distrito Escolar N° 15 y cinco potreros que durante las tardes de fin de semana se disfrazan de estadios. De esa fusión, en 1989, nacieron los campeonatos intercolegiales, esas competencias atractivas que reunían lo mejor del fútbol escolar de la zona. Dieciséis años más tarde fueron prohibidos por capricho del supervisor de turno.

La realidad parece dictar el futuro. En algunos años, todo se convertirá en una vía de transito rápido, con un alto grado de contaminación sonora y ambiental. Los recuerdos serán añicos y las familias emigrarán en busca de mejores pagos. Pero nadie refrescará la memoria para tratar de recordar esas tardes de sábado, sin ningún tope de horario, en las que las canchas, los potreros y el fútbol  encerraban un contenido social irrecuperable.  Movilizaban abuelas, padres, madres y hermanos. Mate, Coca y pancho. Pero al fin todo quedará sepultado. Todo por debajo del puente.

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